Homenaje a Cataluña

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Trepamos hacia el otro lado. Paddy aguantó la alambrada para que pasara. En cuanto nos apartamos de la protección que ofrecía el parapeto fascista nos encontramos con un fuego infernal que parecía proceder de todas partes, también de nuestro sector; pues todo el mundo disparaba a lo largo de la línea. Dondequiera que nos dirigiésemos, una nueva lluvia de balas pasaba junto a nosotros; nos condujeron de un lado a otro en la oscuridad como a un rebaño de ovejas. El hecho de arrastrar la caja de municiones —una de esas cajas que contienen mil setecientas cincuenta cargas y pesan casi un quintal— dificultaba la marcha, sobre todo porque también llevábamos granadas y fusiles abandonados por los fascistas. Aunque la distancia de parapeto a parapeto no era ni de doscientos metros y la mayoría de nosotros conocíamos el terreno, en pocos minutos nos encontramos completamente perdidos. Chapoteábamos al azar en el barro, sabiendo únicamente que las balas venían de ambos lados. No había luna para guiarse, pero el cielo se estaba poniendo un poco más claro. Nuestras líneas estaban al este de Huesca; yo quería quedarme donde estábamos hasta que los primeros rayos de la aurora nos indicaran dónde quedaba el este, pero los demás se opusieron. Seguimos chapoteando, modificando nuestra dirección varias veces y haciendo turnos para tirar de la caja de municiones. Por fin, vimos la baja línea plana de un parapeto frente a nosotros. Podía ser la nuestra o la fascista; nadie tenía la menor idea de adónde íbamos. Benjamín reptó sobre su vientre entre unos altos hierbajos blancuzcos hasta situarse a unos veinte metros de aquélla y gritó una contraseña. Un grito de «¡POUM!» le respondió. Nos pusimos de pie, avanzamos hacia el parapeto, vadeamos una vez más la acequia y nos encontramos a salvo.


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