Homenaje a Cataluña

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Cuando salimos, los españoles murmuraron que estaba clareando peligrosamente. Era cierto; el cielo tenía ya una ligera tonalidad azulada. Había un tremendo follón de voces excitadas procedentes del reducto fascista. Evidentemente habían vuelto a ocupar el lugar con fuerzas más numerosas. Estábamos a cincuenta o sesenta metros del parapeto cuando nos vieron o nos oyeron, pues lanzaron una cerrada descarga que nos obligó a echarnos de bruces. Uno de ellos arrojó una granada por encima del parapeto, signo seguro de pánico. Permanecíamos estirados sobre la hierba, aguardando una oportunidad para seguir adelante, cuando oímos o creímos oír —no tengo dudas de que fue pura imaginación, pero entonces pareció bastante real— voces fascistas mucho más cercanas. Habían abandonado el parapeto y venían a por nosotros. «¡Corre!», le grité a Moyle, y me puse en pie de un salto. ¡Cielos, cómo corrí! Al comienzo de la noche había pensado que no se puede correr cuando se está empapado de pies a cabeza y cargado con un fusil y cartuchos. Supe en ese momento que siempre se puede correr cuando uno cree tener pegados a los talones a cincuenta o cien hombres armados. Si yo corría velozmente, otros podían hacerlo aún con mayor rapidez. Durante mi huida, algo que podría haber sido una lluvia de meteoritos me sobrepasó. Eran los tres españoles que nos habían encabezado. Alcanzaron nuestro propio parapeto sin detenerse y sin que yo pudiera alcanzarlos. La verdad es que teníamos los nervios deshechos. Sabía, en todo caso, que a media luz, donde cinco hombres son claramente visibles, uno solo no lo es, de manera que resolví continuar explorando por mi cuenta. Me las ingenié para llegar a la alambrada exterior y examinar el terreno lo mejor que pude, lo cual no era mucho, pues debía yacer boca abajo. No había señales de Jorge o Hiddlestone y retrocedí reptando. Más tarde supimos que ambos habían sido llevados mucho antes a la sala de primeros auxilios. Jorge tenía una herida leve en el hombro. Hiddlestone estaba gravemente herido, una bala le había atravesado el brazo izquierdo, rompiéndole el hueso en varios lugares; mientras yacía en el suelo, una granada explotó cerca de él produciéndole numerosas heridas. Me alegra poder decir que se recuperó. Más tarde me contaría que se había arrastrado de espaldas algunos metros hasta encontrar a un español herido, con el cual, ayudándose mutuamente, logró regresar.


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