Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Al regresar a Barcelona, después de tres meses y medio, me acordé de todo eso. Se daba allí el mismo cambio brusco y sorprendente de atmósfera. En el vagón, durante el viaje a Barcelona, la atmósfera del frente persistía; la suciedad, el ruido, la incomodidad, las vestimentas raídas y el sentimiento de privación, de camaradería e igualdad. El tren, repleto de milicianos cuando partió de Barbastro, era invadido por grupos de campesinos en cada estación de la línea. Llevaban atados de hortalizas, aterrorizadas aves de corral colgando boca abajo, bolsas que giraban y se retorcían sobre el suelo y que resultaron estar llenas de conejos vivos y, por fin, un buen rebaño de ovejas que fueron conducidas hasta los compartimentos, donde se instalaban en los espacios disponibles. Los milicianos cantaban a gritos canciones revolucionarias, arrojaban besos al aire o agitaban pañuelos rojinegros en cuanto veían a una chica bonita. Botellas de vino y de anís, el detestable licor aragonés, pasaban de mano en mano, y otros bebían utilizando la clásica bota española, con la cual es posible lanzar un chorro de vino desde cierta distancia directamente a la boca. Este procedimiento parece significarles un considerable ahorro de trabajo. Junto a mí, un muchachito de quince años, de ojos negros, teniendo por interlocutores a dos viejos campesinos de rostro apergaminado que lo escuchaban con la boca abierta, relataba historias sensacionales y, sin duda, totalmente falsas acerca de sus propias hazañas en el frente. Los campesinos no tardaron en desatar sus fardos y en convidarnos a un espeso vino rojo oscuro. Todos nos sentíamos profundamente felices, más de lo que puede expresarse. Pero, cuando el tren atravesó Sabadell y entró en Barcelona, nos rodeó una atmósfera apenas menos hostil que lo hubiera sido la de París o Londres.