Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña El cambio en el aspecto de las gentes era increíble. El uniforme de la milicia y los monos azules habían desaparecido casi por completo; la mayoría parecía usar esos elegantes trajes veraniegos en los que se especializan los sastres españoles. En todas partes se veían hombres prósperos y obesos, mujeres bien ataviadas y coches de lujo. (Aparentemente, aún no había coches privados, no obstante lo cual, todo aquel que fuera «alguien» podía disponer de un automóvil). Los oficiales del nuevo Ejército Popular, un tipo que casi no existía cuando dejé Barcelona, ahora abundaban en cantidades sorprendentes. La oficialidad del Ejército Popular estaba constituida a razón de un oficial por cada diez hombres. Cierto número de esos oficiales había actuado en el frente, dentro de la milicia, y recibido luego instrucción técnica, pero en su mayoría eran jóvenes que habían asistido a la Escuela de Guerra en lugar de unirse a la milicia. Su relación con la tropa no era exactamente la que se da en un ejército burgués, pero existía una jerarquización social bien definida, expresada por la diferencia de paga y en el uniforme. Los soldados usaban una especie de burdo mono marrón y los oficiales un fino uniforme de color caqui, con la cintura ajustada como en el de los oficiales ingleses. No creo que más de uno de cada veinte de esos oficiales conociera una trinchera. Sin embargo, todos iban armados con pistolas automáticas al cinto, mientras nosotros, en el frente, no podíamos conseguirlas a ningún precio. Al avanzar por las calles, observé que nuestra suciedad llamaba la atención. Desde luego, como todos los hombres que han pasado varios meses en las trincheras, constituíamos un espectáculo lamentable. Yo tenía conciencia de parecerme a un espantapájaros. Mi chaqueta de cuero estaba hecha jirones, mi gorra de lana se había deformado tanto que se me deslizaba permanentemente sobre un ojo y de mis botas sólo quedaban restos. No era yo un caso excepcional y, además, todos estábamos sucios y barbudos. No era sorprendente, pues, que la gente se nos quedara mirando. No obstante, me desalentó un poco y me hizo comprender algunas cosas extrañas que habían estado ocurriendo durante los últimos tres meses.