Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Kopp captó la situación con una sola mirada, se abrió paso y paró a un alemán pelirrojo de las tropas de choque que se disponía a sacar el seguro de una granada con los dientes. Les gritó a todos que se apartaran de la puerta y nos dijo en varios idiomas que debíamos evitar el derramamiento de sangre. Luego salió y, a la vista de los guardias civiles, se quitó ostentosamente la pistola y la depositó en el suelo. Dos oficiales españoles de la milicia hicieron lo mismo, y los tres caminaron lentamente hasta la puerta donde se apretujaban los guardias civiles. Era algo que yo no hubiera hecho ni por veinte libras. Caminaban, desarmados, hacia hombres enloquecidos de terror y con armas cargadas en las manos. Un guardia civil, en mangas de camisa y pálido de miedo se acercó para parlamentar con Kopp. Señalaba agitadamente dos granadas sin explotar que estaban en la acera. Kopp regresó y nos dijo que sería mejor hacerlas explotar, eran un peligro para cualquiera que pasara. Un soldado de las tropas de choque disparó su fusil e hizo estallar una, pero le erró a la segunda. Le pedí el arma, me arrodillé y disparé contra ella. Lamento decir que también fallé; fue éste el único disparo que hice durante los disturbios. La acera se hallaba cubierta de cristales rotos procedentes del rótulo del Café Moka, y dos autos estacionados allí, uno de los cuales era el coche oficial de Kopp, estaban acribillados a balazos y con los parabrisas destrozados por los bombazos.