Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Dentro del hotel, entre la muchedumbre heterogénea que, en su mayor parte, no se había animado a asomar la nariz, se había generado una horrible atmósfera de sospechas. Varios individuos se contagiaron de la manía de espiar y vagaban por allí susurrando que todos los demás eran espías de los comunistas, o de los trotskistas, o de los anarquistas. El obeso agente ruso acorralaba por turno a los refugiados extranjeros y les explicaba, de manera plausible, que el conflicto se debía a un complot anarquista. Lo observé con cierto interés, pues era la primera vez que veía a una persona cuya profesión consistía en mentir (excluyendo, claro está, a los periodistas). Había algo repulsivo en esta parodia de la vida de un hotel elegante que proseguía detrás de ventanas cerradas y del tableteo de los fusiles. El comedor de delante había sido abandonado después de que una bala atravesara la ventana y astillara una columna; los huéspedes se amontonaban en una oscura habitación posterior, donde nunca había bastantes mesas. El número de camareros había disminuido —algunos eran miembros de la CNT y se habían solidarizado con la huelga general— y, por el momento, se habían deshecho de las camisas almidonadas, pero las comidas seguían sirviéndose con cierta pretensión ceremoniosa, aunque, prácticamente, no había nada que comer. Ese jueves a la noche, el plato principal de la cena fue una sardina para cada comensal. El hotel carecía de pan desde hacía varios días, e incluso el vino escaseaba tanto que bebíamos vinos cada vez más añejos a precios cada vez más altos. Esta escasez de comida prosiguió aun después de terminada la lucha. Recuerdo que, durante tres días seguidos, mi esposa y yo desayunamos un pequeño trozo de queso de cabra, sin nada de pan y sin nada para beber. Abundaban, en cambio, las naranjas. Los camioneros franceses llevaron al hotel grandes cantidades de su cargamento. Eran un grupo de aspecto rudo, e iban acompañados por algunas deslumbrantes muchachas españolas y por un enorme mozo de cuerda con una blusa negra. En cualquier otra ocasión, un gerente de hotel —puntillosos como son— hubiera hecho todo lo posible para que se sintieran incómodos, incluso les habría negado la entrada, pero en esas circunstancias fueron aceptados porque, a diferencia de los demás, contaban con una provisión privada de pan que todos trataban de hacer suya.