Homenaje a Cataluña

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Regresé asqueado y furioso a mi puesto sobre la azotea. Al participar en acontecimientos como ésos supongo que, en una pequeña medida, se está haciendo historia, y uno debería sentirse personaje histórico por derecho propio. Sin embargo, no ocurre así porque en tales momentos los detalles físicos siempre pesan más. Durante toda la lucha, nunca pude hacer el «análisis» correcto de la situación que los periodistas esbozaban con tanta facilidad a cientos de kilómetros de distancia. Lo que me preocupaba esencialmente no era lo justo y lo injusto de esa refriega intestina, sino simplemente la incomodidad y el aburrimiento de estar sentado día y noche en esa azotea insoportable, y el hambre que aumentaba cada vez más, pues ninguno de nosotros había tenido una comida decente desde el lunes. Todo el tiempo me acosaba la idea de que tendría que regresar al frente en cuanto este asunto terminara. Era indignante. Después de ciento quince días en el frente había regresado a Barcelona hambriento de un poco de descanso y comodidad y, en su lugar, debía pasarme el permiso sentado en un terrado frente a guardias civiles tan aburridos como yo, que me saludaban con la mano y me aseguraban que eran «obreros» (querían decir que confiaban en que yo no abriría fuego contra ellos), pero que sin duda dispararían contra mí si recibían órdenes de hacerlo. Si eso era historia, yo no me sentía con ánimos de vivirla. Se parecía más a los malos momentos pasados en el frente, cuando por falta de hombres debían hacerse horas extra de guardia. En lugar de sentirse heroico, uno permanece en su puesto, aburrido, cayéndose de sueño y totalmente indiferente a lo que sucede.


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