Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Sería a última hora de la tarde cuando los soldados de Valencia hicieron su aparición en las calles de Barcelona, ya bien entrada la noche. Eran integrantes de la Guardia de Asalto, una formación similar a los guardias civiles y a los carabineros (es decir, destinada en primer término a tareas policiales), y tropas selectas de la República. De repente, surgieron de la nada como setas; estaban por todas partes, patrullando las calles en grupos de diez. Eran altos, de uniformes grises o azules y con largos fusiles colgados al hombro y una metralleta por cada grupo. Entretanto, quedaba una delicada tarea por realizar. Los seis fusiles que habíamos utilizado para hacer guardia en la torre del observatorio seguían allí y, de una manera o de otra, teníamos que llevarlos al edificio del POUM. Se trataba tan sólo de cruzar la calle con ellos. Formaban parte del arsenal propio del edificio, pero sacarlos significaba contravenir la orden del gobierno. Si nos sorprendían nos arrestarían sin ninguna duda y, lo que era peor, nos confiscarían las armas. Con sólo veintiún fusiles en el edificio, no podíamos perder seis. Después de muchas discusiones acerca del método más conveniente, un joven español pelirrojo y yo comenzamos a acarrearlos. Resultaba bastante fácil esquivar las patrullas de la Guardia de Asalto; el peligro radicaba en los guardias civiles del Café Moka, quienes sabían muy bien que teníamos fusiles en el observatorio y podían delatarnos si nos veían cruzar con ellos. El joven español y yo nos desvestimos parcialmente y nos colgamos un fusil del hombro izquierdo, con la culata en la axila y el cañón metido en los pantalones. Por desgracia, eran máusers largos; ni un hombre alto como yo puede llevar sin molestias semejante arma en la pernera del pantalón. Resultaba muy incómodo descender por la enroscada escalera del observatorio con una pierna totalmente rígida. Una vez en la calle, descubrimos que solamente podíamos avanzar caminando con tan extrema lentitud que no hiciera falta doblar las rodillas. Frente al cine había un grupo de gente que me observó con gran interés mientras me arrastraba a paso de tortuga. Muchas veces me pregunté a qué atribuirían mi extraña manera de andar. Herido en la guerra, pensarían. En cualquier caso, todos los fusiles pudieron ser trasladados sin incidentes.