Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Volvieron a acostarme mientras alguien buscaba una camilla. En cuanto supe que la bala me había atravesado limpiamente la garganta di por sentado que no tenía salvación. Nunca había oído hablar de un hombre o de un animal que sobreviviera a un balazo en el cuello. La sangre me goteaba por las comisuras de los labios. «La arteria está destrozada», pensé. Me pregunté cuánto se dura con la carótida cortada; pocos instantes, seguramente. Todo se veía muy borroso. Deben de haber pasado unos dos minutos durante los cuales supuse que estaba muerto. También eso era interesante, es decir, resulta interesante saber qué clase de pensamientos se tiene en semejante situación. Mi primer pensamiento, bastante convencional, fue para mi esposa. Luego me asaltó un violento resentimiento por tener que abandonar este mundo que, a pesar de todo, me gusta. Tuve tiempo de sentir esto de forma muy vívida. La estúpida mala suerte me enfurecía. ¡Qué absurdo era todo! Morirse no en medio de una batalla, sino en el mugriento rincón de una trinchera, por culpa de un descuido de un segundo. Pensé en el hombre que me había disparado, me pregunté si sería español o extranjero, si sabría que me había herido. No experimentaba rencor alguno contra él. Me dije que, tratándose de un fascista, lo habría matado de haber podido, pero que si lo hubieran tomado prisionero y traído ante mí en ese momento me habría limitado a felicitarlo por su buena puntería. Puede ser que cuando uno se está muriendo realmente se piense de manera diferente.