Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña El centinela norteamericano con quien había estado hablando se abalanzó sobre mí: «Cielos, ¿estás herido?». Otros milicianos se acercaron y se produjo el alboroto habitual. «¡Levantadlo! ¿Dónde está herido? ¡Abridle la camisa!», etc., etc. El norteamericano pidió un cuchillo para cortarme la camisa. Yo sabía que el mío estaba en uno de mis bolsillos y traté de sacarlo, pero descubrí que tenía el brazo derecho paralizado. La ausencia de dolor me producía una ligera satisfacción. «Esto sin duda alegrará a mi esposa», pensé (siempre había deseado que me hirieran, y me salvara así de morir cuando llegara la gran batalla). Justo en ese momento se me ocurrió preguntarle dónde estaba herido y de qué gravedad; no sentía nada, pero tenía conciencia de que la bala me había golpeado en alguna parte frontal del cuerpo. Cuando traté de hablar, comprobé que carecía de voz, sólo proferí un débil quejido, pero al segundo intento logré preguntar dónde estaba herido. Me dijeron que en la garganta. Harry Webb, nuestro camillero, trajo vendas y una de las pequeñas botellas de alcohol que nos daban para curas de urgencia. Cuando me levantaron me salió mucha sangre por la boca, y a mi espalda oí decir a un español que la bala me había atravesado el cuello. Sentí que el alcohol, que por lo común arde muchísimo, me bañaba la herida produciéndome una agradable sensación de frescura.