Homenaje a Cataluña

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El médico volvió a vendar la herida, me dio una inyección de morfina y me despachó para Siétamo. Los hospitales de Siétamo eran barracas de madera, apresuradamente construidas, donde, por lo general, los heridos sólo permanecían unas pocas horas antes de seguir camino a Lérida o Barbastro. Yo estaba aletargado por la morfina, casi no podía moverme, pero el dolor seguía siendo fuerte y tragaba sangre sin cesar. En un rasgo típico de los métodos hospitalarios españoles, mientras me encontraba en ese estado la improvisada enfermera trató de hacerme ingerir la comida reglamentaria —una copiosa comida consistente en sopa, huevos, un guiso grasoso, etc.— y se mostró sorprendida cuando me negué. Le dije que deseaba fumar, pero estábamos en uno de los tantos períodos de escasez de tabaco y nadie tenía un cigarrillo. Al cabo de poco tiempo, dos camaradas que habían obtenido permiso para abandonar la línea de fuego durante unas pocas horas, se presentaron ante mi cama.

—¡Hola! ¿Estás vivo, eh? Bien. Queremos tu reloj, tu revólver y tu linterna. Y tu navaja, si es que tienes una.

Partieron con mis posesiones transportables. Esto siempre ocurría cuando un hombre resultaba herido. Todo lo que poseía se dividía entre los demás, sin tardanza y con razón, pues relojes o revólveres eran objetos muy preciados en el frente y, si se quedaban con el equipo del herido, desaparecían durante el traslado.


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