Homenaje a Cataluña

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Al anochecer habían llegado ya bastantes enfermos y heridos como para llenar varias ambulancias y nos enviaron a Barbastro. ¡Qué viaje! Solía decirse que en esa guerra podía salvarse el que recibía un balazo en las extremidades, pero que siempre moría el herido en el abdomen. Ahora comprendo por qué. Nadie que estuviera expuesto a hemorragias internas podía sobrevivir a esos kilómetros de bamboleo sobre caminos destrozados por el paso de grandes camiones y sin reparación alguna desde el comienzo de la guerra. ¡Bang, bum, paff! Las sacudidas me llevaron de vuelta a mi infancia y a un endemoniado artefacto llamado Wiggle-Woggle que había en la exposición de White City. Olvidaron atarnos a las camillas. Me quedaba bastante fuerza en el brazo izquierdo como para sujetarme, pero un pobre diablo fue arrojado al suelo y sufrió Dios sabe qué agonía. Otro, que podía caminar y estaba sentado en un rincón de la ambulancia, vomitó durante todo el viaje. El hospital en Barbastro estaba repleto y las camas se encontraban tan cerca unas de otras que casi se tocaban. A la mañana siguiente volvieron a cargarnos en un tren-hospital y nos mandaron a Lérida.





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