Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Estuve cinco o seis días en Lérida. Era un gran hospital, con enfermos y heridos civiles y militares, más o menos mezclados. Algunos de los hombres de mi sala tenían heridas graves. En la cama vecina a la mía un joven de cabello negro tomaba un medicamento que daba a su orina un color verde esmeralda. Su orinal de cama constituía uno de los espectáculos de la sala. Un comunista holandés, al enterarse de que había un inglés en el hospital, se me acercó trayéndome periódicos ingleses y hablándome en mi lengua. Había resultado gravemente herido en los combates de octubre y se las había ingeniado para establecerse en el hospital de Lérida y casarse con una de las enfermeras. A causa de las heridas, una de sus piernas se había encogido tanto que no era más gruesa que mi brazo. Dos milicianos de permiso, a quienes había conocido durante mi primera semana en el frente, acudieron al hospital a visitar a un amigo herido y me reconocieron. Eran muchachos de unos dieciocho años. Permanecieron de pie junto a mi cama, incómodos, buscando qué decir y luego, para demostrar que lamentaban lo de mi herida, sacaron de súbito todo el tabaco de sus bolsillos, me lo dieron y desaparecieron antes de que pudiera devolvérselo. ¡Qué gesto tan español! Más tarde descubrí que no podía conseguirse tabaco en toda la ciudad y que me habían dado la ración de una semana.