Homenaje a Cataluña

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Al cabo de unos pocos días pude levantarme y caminar con el brazo en cabestrillo; por alguna razón, me dolía mucho más cuando lo tenía colgando. Sentía, además, un intenso dolor interno por el daño que me había hecho al caer y me había quedado casi del todo sin voz, pero nunca tuve un segundo de sufrimiento debido a la herida de la bala. Parece que esto es bastante corriente. El tremendo impacto de una bala impide toda sensación local; en cambio, un fragmento de bomba o de granada, que es irregular y a menudo golpea con menos fuerza, debe de producir un dolor agudísimo. El hospital contaba con un agradable jardín en el que había un estanque con peces de colores y unos pececillos de color gris oscuro —albures creo que eran—. Solía sentarme a observarlos durante horas. La manera de hacer las cosas en Lérida me permitió conocer el funcionamiento del sistema hospitalario del frente de Aragón; no sé si era igual en los demás frentes. En ciertos aspectos, los hospitales eran muy buenos. Los médicos eran capaces y no parecía haber escasez de medicinas y equipos. Pero padecían dos defectos importantísimos, a causa de los cuales murieron cientos o miles de hombres que podían haberse salvado.





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