Homenaje a Cataluña

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Uno de ellos era el hecho de que los hospitales cercanos al frente eran utilizados como centros de distribución de heridos. En consecuencia, uno no recibía tratamiento alguno, a menos que la gravedad de la herida impidiera el traslado. En teoría, la mayoría de los heridos iban directamente a Barcelona o Tarragona, pero debido a la falta de transporte, a menudo tardaban una semana o diez días en llegar a destino. Se los tenía rodando por Siétamo, Barbastro, Monzón, Lérida y otros lugares, sin recibir ningún tratamiento, excepto un ocasional vendaje limpio. Hombres con heridas atroces o huesos aplastados eran envueltos en una especie de funda a base de vendas y yeso; en la parte exterior se escribía con lápiz la descripción de la herida, pues por lo general la funda no se retiraba hasta que el hombre llegaba a Barcelona o Tarragona, diez días después. Resultaba casi imposible examinar la herida en esas condiciones; los pocos médicos no daban abasto con el trabajo y se limitaban a pasar rápidamente junto a cada cama diciendo: «Sí, sí, lo atenderán en Barcelona». Siempre había rumores de que el tren-hospital partiría hacia Barcelona mañana*. El otro defecto radicaba en la falta de enfermeras competentes. Evidentemente en España no había suficientes enfermeras con formación, quizá porque antes de la guerra eran las monjas las encargadas de esas tareas. No tengo quejas de las enfermeras españolas; siempre me trataron con extrema bondad, pero no cabe duda de que eran sumamente negligentes. Todas sabían tomar la temperatura, algunas podían hacer un vendaje, y nada más. De esta incompetencia resultaba que los hombres demasiado enfermos para valerse por si mismos a menudo eran objeto de un vergonzoso descuido. Las enfermeras dejaban que un paciente estuviera con diarrea durante una semana, y rara vez lavaban a quienes estaban demasiado débiles como para hacerlo solos. Recuerdo a un pobre miliciano con un brazo destrozado que me contó que había estado tres semanas con la cara sucia. Hasta las camas se quedaban a veces sin hacer durante varios días. La comida, en cambio, era buena en todos los hospitales, quizá demasiado buena. En España, más que en cualquier otra parte, parecía continuar la costumbre de atiborrar a los enfermos con pesadas comidas. En Lérida, las comidas eran pantagruélicas. A las seis de la mañana servían un desayuno a base de sopa, tortilla, guiso, pan, vino blanco y café; y el almuerzo era aún más abundante —y esto en una época en que la mayor parte de la población civil padecía carencias alimenticias—. Los españoles parecen no saber lo que es una dieta liviana. Dan la misma comida a los enfermos que a los sanos, siempre el mismo tipo de plato abundante, grasiento, empapado en aceite de oliva.


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