Homenaje a Cataluña

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El hospital de Tarragona era muy grande y estaba lleno de heridos de todos los frentes. ¡Menudas heridas se veían allí! Para tratar algunas, empleaban un procedimiento que supongo que se ajustaba a los últimos adelantos médicos, pero que resultaba particularmente desagradable a la vista. Consistía en dejar la herida completamente abierta, sin vendar, aunque protegida de las moscas por una red de muselina extendida sobre alambres. Debajo de la fina gasa se podía ver la gelatina rojiza de la herida semicurada. Había un hombre herido en el rostro y la garganta, con la cabeza dentro de una especie de casco esférico de muselina; tenía la boca cerrada y respiraba por un pequeño tubo fijado entre los labios. ¡Pobre diablo, parecía tan solo, paseando de un lado a otro, sin poder hablar y mirando a través de su jaula de muselina! Estuve tres o cuatro días en Tarragona. Iba recuperando mis fuerzas y cierto día, aunque moviéndome con mucha lentitud, logré caminar hasta la playa. Resultaba extraño comprobar que la vida de playa proseguía casi sin alterarse; cafés elegantes a lo largo del paseo marítimo y la ufana burguesía local bañándose y tomando el sol en las tumbonas como si no hubiera una guerra a miles de kilómetros. Allí tuve ocasión de ver ahogarse a un bañista, lo cual parecía imposible en ese mar tibio y poco profundo.



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