Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Por fin, ocho o nueve días después de abandonar el frente, conseguí que me examinaran la herida. En la sala de cirugía donde se reconocía a los recién llegados, médicos con enormes tijeras abrían los petos de yeso en que hombres con costillas, clavículas y otros huesos fracturados habían sido encerrados en los hospitales de campaña tras la línea del frente. De la abertura de aquellos enormes y ridículos petos de yeso surgían rostros ansiosos, sucios y con barba de una semana. El médico, un hombre enérgico y apuesto, de unos treinta años, me hizo sentar, me agarró la lengua con un trozo de gasa áspera, la tiró hacia afuera todo lo que pudo, me metió un espejito de dentista hasta la garganta y me pidió que dijera «¡Aaaa!». Continuó su examen hasta que me sangró la lengua y se me llenaron los ojos de lágrimas; luego me informó de que una de las cuerdas vocales estaba paralizada.
—¿Cuándo recuperaré la voz? —le pregunté.
—¿La voz? Ah, no la recuperará nunca —me dijo alegremente.