Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Sin embargo, el tiempo demostró que estaba equivocado. Durante unos dos meses no pude hacer otra cosa que susurrar, pero luego mi voz se tornó de pronto normal; la otra cuerda había «compensado». El dolor en el brazo se debía a que la bala había rozado un haz de nervios de la nuca. Era un dolor agudo, como el de una neuralgia, y seguí sintiéndolo durante un mes, especialmente de noche, por lo cual casi no podía dormir. También los dedos de la mano derecha estaban semiparalizados; incluso ahora, cinco meses después, el dedo índice sigue dormido, efecto muy extraño en una lesión de cuello. En cierto sentido, mi herida constituía una curiosidad, y varios médicos la examinaron, exclamando: «¡Qué suerte! ¡Qué suerte!»*. Uno de ellos me dijo, con aire de autoridad, que la bala había pasado a «un milímetro» de la arteria. Ignoro cómo podía asegurarlo. Ninguna de las personas con quienes hablé en ese periodo —médicos, enfermeras, practicantes* o pacientes— dejó de asegurarme que un hombre que sobrevive a una herida en el cuello es el ser más afortunado de la tierra. No pude dejar de pensar que habría sido aún más afortunado si la bala no me hubiera tocado.