Homenaje a Cataluña

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Me encontraba en el Sanatorio Maurín, uno de los sanatorios dependientes del POUM, situado en los suburbios cercanos al Tibidabo, la montaña de extraña forma que se levanta abruptamente detrás de Barcelona y desde donde, según la tradición, Satán mostró a Jesús los países de la tierra (de ahí su nombre). La casa había pertenecido a un burgués y fue confiscada al comienzo de la revolución. La mayoría de los hombres alojados allí habían dejado el frente a causa de alguna herida que los incapacitaba definitivamente (miembros amputados o cosas así). Había varios ingleses: Williams, con una pierna herida; Stafford Cottman, un muchacho de dieciocho años enviado desde las trincheras por suponerse que padecía tuberculosis, y Arthur Clinton, cuyo brazo izquierdo destrozado seguía colgado de uno de esos enormes artilugios de alambre, llamados aeroplanos, que los españoles continúan utilizando en los hospitales. Mi esposa seguía en el hotel Continental y yo solía ir a Barcelona durante el día. Por la mañana acudía al Hospital General para el tratamiento eléctrico del brazo. Me aplicaron un tratamiento bastante extraño, basado en una serie de punzantes descargas eléctricas que hacían saltar los diversos grupos de músculos. Lentamente disminuyeron los dolores y fui recuperando el uso de los dedos. Mi mujer y yo acordamos que lo mejor era regresar a Inglaterra lo antes posible. Me sentía muy débil, había perdido la voz aparentemente para siempre y, según los médicos, en el mejor de los casos transcurrirían meses antes de que estuviera en condiciones de luchar. Tarde o temprano debía comenzar a ganar algo de dinero, y no tenía mucho sentido quedarse en España consumiendo alimentos que otros necesitaban. Sin embargo, decidieron mi partida motivos fundamentalmente egoístas. Experimentaba un deseo abrumador de alejarme de todo, de la horrible atmósfera de sospecha y odio político, de las calles llenas de hombres armados, de ataques aéreos, trincheras, ametralladoras, tranvías chirriantes, té sin leche, comida grasienta y escasez de cigarrillos: de casi todo lo que había aprendido a asociar con España.


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