Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Cuando llegué a Barcelona ya era tarde, y no circulaban taxis. No había manera de llegar al Sanatorio Maurín, que quedaba fuera de la ciudad, así que me dirigí al hotel Continental, no sin antes detenerme a cenar. Recuerdo la conversación que sostuve con un camarero bastante paternal a propósito de las jarras de nogal con bordes de cobre en las que servían el vino. Le dije que me gustaría comprar un juego para llevármelo a Inglaterra. El camarero se mostró comprensivo. «Sí, son bonitas, ¿verdad? Pero hoy día no se pueden comprar. Nadie las fabrica ya, nadie fabrica nada. Esta guerra, ¡qué lástima!». Estuvimos de acuerdo en que esa guerra era una lástima. Mientras charlábamos volví a sentirme como un turista. El camarero me preguntó amablemente si me había gustado España y si pensaba regresar. Oh, sí, claro que volvería a España. El tono apacible de la conversación persiste en mi recuerdo a causa de lo que ocurrió inmediatamente después.
Cuando llegué al hotel mi esposa estaba sentada en el vestíbulo. Se levantó y caminó hacia mí con una indiferencia que me llamó la atención; luego me rodeó el cuello con un brazo y, con una dulce sonrisa dedicada a las personas que estaban en el vestíbulo, me susurró al oído:
—¡Lárgate!
—¿Qué?
—¡Lárgate de aquí enseguida!