Homenaje a Cataluña

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Debíamos pensar en la manera de salir de España. No tenía sentido permanecer allí con la certeza de un arresto más tarde o más temprano. En realidad, ambos hubiéramos preferido quedarnos y presenciar el desenlace de los acontecimientos. Pero yo preveía que las prisiones españolas serían sitios espantosos (en realidad, eran peores de lo que imaginaba), y una vez que se entraba en la cárcel, nunca se sabía cuándo se saldría; además, mi estado de salud era bastante malo, aparte del dolor en el brazo. Quedamos en encontrarnos al día siguiente en el consulado británico, donde también acudirían Cottman y McNair. Probablemente se necesitarían un par de días para regularizar nuestros pasaportes. Antes de dejar España, era necesario hacer sellar el pasaporte en tres instancias distintas: donde el jefe de policía, donde el cónsul francés y donde las autoridades catalanas de inmigración. Desde luego, el peligro radicaba en el jefe de policía. Quizá el cónsul británico podría arreglar las cosas sin revelar nuestra vinculación con el POUM. Había una lista de extranjeros sospechosos de «trotskistas», y era probable que allí figuraran nuestros nombres, pero con un poco de suerte podríamos llegar a la frontera antes que ella. Era seguro que habría muchas demoras y mañanas*. Por suerte, estábamos en España y no en Alemania; la policía secreta española tenía algo del espíritu de la Gestapo, pero no tanto de su competencia.


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