Homenaje a Cataluña

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Evidentemente, era más seguro que mi esposa permaneciera en el hotel, al menos por el momento. Si intentaba irse, la seguirían de inmediato. En cuanto a mí, tendría que ocultarme, perspectiva que me repugnaba. A pesar de los innumerables arrestos, me resultaba casi imposible creer que estuviera en peligro. Todo aquello me parecía demasiado insensato, pero la misma negativa a tomar en serio ese estúpido ataque había hecho que Kopp terminara en la cárcel. Yo me repetía sin cesar: «¿Por qué habrían de querer arrestarme? ¿Qué he hecho yo?». Ni siquiera era miembro del POUM. Sin duda, había portado armas durante los sucesos de mayo, pero lo mismo hicieron, supongo, cuarenta o cincuenta mil personas. Además, necesitaba dormir urgentemente algunas horas. Prefería correr el riesgo y regresar al hotel. Mi esposa se negó en redondo. Pacientemente me explicó la situación. No importaba lo que hubiera hecho. No era una redada corriente de delincuentes, sino el reinado absoluto del terror. Yo no era culpable de ningún acto definido, pero si de «trotskismo». Haber luchado en la milicia del POUM bastaba para terminar en la cárcel. Era inútil aferrarse a la idea inglesa de que uno está a salvo mientras cumpla la ley. En la práctica, la ley era la voluntad de la policía. La única salida consistía en permanecer escondido y ocultar cualquier vinculación con el POUM. Mi esposa me obligó a romper el carnet de miliciano, que llevaba inscrito en grandes letras «POUM», así como la foto de un grupo de milicianos con la bandera del POUM de fondo. Ésas eran las cosas que bastaban en esos días para ser arrestado. En todo caso, tuve que conservar mi certificado de licencia; constituía un peligro, pues ostentaba el sello de la División 29 y era probable que la policía supiese que correspondía al POUM, pero sin él podían arrestarme por desertor.


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