Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Naturalmente, de inmediato supuse que lo habían fusilado. Es lo que todos creímos en ese momento, pero con posterioridad pensé que tal vez nos equivocamos. Más tarde se informó de que Smillie había muerto de apendicitis, y también hubo un prisionero liberado que nos aseguró que Smillie había estado realmente enfermo en la cárcel. Así pues, quizá la historia de una apendicitis era verídica. La negativa a permitir que Murray viera el cadáver puede haber tenido como causa el mero resentimiento. Empero hay algo que debo decir. Bob Smillie tenía sólo veintidós años y físicamente era uno de los hombres más fuertes que he conocido. Creo que fue el único miliciano, español o inglés, que pasó tres meses en las trincheras sin estar enfermo un solo día. Las personas con esa resistencia no suelen morir de apendicitis si se las cuida como es debido. Pero si uno veía cómo eran las cárceles españolas —las cárceles improvisadas utilizadas para los prisioneros políticos—, comprendía las pocas probabilidades que tenía un hombre enfermo de recibir en ellas la atención adecuada. Estas cárceles sólo podrían describirse como mazmorras. En Inglaterra habría que retroceder al siglo XVIII para encontrar algo comparable. Los prisioneros permanecían amontonados en pequeñas habitaciones donde casi no había espacio para echarse, y a menudo se los tenía en sótanos y otros lugares oscuros. Éstas no eran medidas temporales, pues hubo casos de detenidos que pasaron cuatro o cinco meses casi sin ver la luz del día. Eran alimentados con una dieta repugnante e insuficiente, que consistía en dos platos de sopa y dos trozos de pan diarios. (Sin embargo, algunos meses más tarde parece ser que la comida mejoró algo). No estoy exagerando; cualquier sospechoso político que haya estado encarcelado en España podría confirmar lo que digo. He recibido informaciones sobre las cárceles españolas de diversas fuentes separadas, y todas concuerdan demasiado como para dudar de ellas; además, yo mismo conocí una. Otro amigo inglés que fue detenido más tarde escribe que sus experiencias carcelarias le «permitieron comprender mejor el caso de Smillie». No es fácil perdonar la muerte de Smillie, ese muchacho valeroso y dotado, que había dejado a un lado su carrera universitaria para luchar contra el fascismo y que, como puedo atestiguar, había cumplido su tarea en el frente con coraje y voluntad intachables. Arrojarlo a la cárcel y dejarlo morir como a un animal fue una tremenda injusticia. Sé que en medio de una enorme y sangrienta guerra no tiene sentido hacer demasiado alboroto por una muerte individual. Para igualar los sufrimientos que causa una bomba arrojada desde un avión sobre una calle llena de gente hace falta bastante persecución política. Pero lo que indigna en una muerte como ésta es su absoluta inutilidad. Morir en medio de una batalla; sí, eso es lo que uno espera; pero verse encarcelado, ni siquiera por algún crimen imaginario, sino por causa de un resentimiento ciego, y que luego a uno lo dejen morir abandonado a su soledad es algo muy distinto. No acierto a comprender cómo este tipo de cosas —el caso de Smillie no es excepcional— podían tornar más factible la victoria.