Homenaje a Cataluña

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Mi esposa y yo visitamos a Kopp esa tarde. Se permitía visitar a los prisioneros que no estaban incomunicados*, aunque no convenía hacerlo más de una o dos veces. La policía vigilaba a los visitantes, y si alguien iba demasiado seguido, quedaba catalogado como amigo de los «trotskistas» y probablemente terminaba en la cárcel. Esto ya les había ocurrido a muchos.

Kopp no estaba incomunicado* y nos fue fácil obtener el permiso para verlo. Mientras nos conducían hacia el interior de la cárcel, un miliciano español a quien conocí en el frente salía escoltado por dos guardias civiles. Sus ojos se encontraron con los míos e intercambiamos el guiño imperceptible de aquellos días. Dentro vimos a un norteamericano que había partido de regreso a su casa pocos días antes; sus documentos estaban en regla, pero probablemente lo arrestaron en la frontera porque seguía llevando los pantalones de pana que lo identificaban como miliciano. Nos cruzamos como si no nos hubiéramos visto nunca. Fue espantoso. Habíamos estado juntos durante meses, incluso compartido un refugio en la trinchera, había ayudado a transportarme cuando me hirieron; pero era lo único que podíamos hacer. Los guardianes vestidos de azul espiaban en todas partes. Hubiera resultado fatal reconocer a demasiada gente.


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