Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña La llamada cárcel era, en realidad, la planta baja de una tienda. En dos pequeñas habitaciones estaban amontonadas casi cien personas. El lugar tenía todo el aspecto dieciochesco de una estampa del calendario Newgate: con su nauseabunda suciedad, el hacinamiento de cuerpos humanos, la falta de mobiliario —el suelo de piedra pelado, un banco y unas pocas mantas raídas— y una luz lóbrega, puesto que habían sido bajadas las persianas metálicas. En las paredes mugrientas se habían garabateado frases revolucionarias: «¡Visca POUM!»*, «¡Viva la Revolución!»*, y otras por el estilo. El lugar se usaba desde hacía meses como vertedero de prisioneros políticos. El griterío resultaba ensordecedor. Era la hora de las visitas y había tanta gente que casi no podíamos movernos. La mayoría pertenecía a los sectores más pobres de la población obrera. Se veían mujeres deshaciendo lastimosos paquetes que habían traído para sus hombres. Varios de ellos eran heridos del Sanatorio Maurín. Dos tenían una sola pierna; uno de ellos había sido llevado a la cárcel sin sus muletas y saltaba de un lado a otro sobre un pie. También había una criatura de no más de doce años; aparentemente arrestaban hasta a los niños. El lugar tenía ese olor repugnante presente siempre donde hay mucha gente amontonada sin instalaciones sanitarias adecuadas.