Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña En nuestra tercera mañana en Alcubierre llegaron los fusiles. Un sargento de rostro rudo y amarillento los distribuyó en el establo de mulas. Estuve a punto de desmayarme cuando vi el trasto que me entregaron. Era un máuser alemán fechado en 1896; ¡tenía más de cuarenta años! Estaba oxidado, tenía la guarnición de madera rajada y el cerrojo trabado y el cañón corroído e inutilizable. La mayoría de los fusiles eran igual de malos, algunos de ellos incluso peores, y no se hizo el menor intento de asignar las mejores armas a los hombres que sabían utilizarlas. El más eficaz de los fusiles, de sólo diez años de antigüedad, fue entregado a una bestezuela de quince años a quien todos conocían como el «maricón». El sargento dio cinco minutos de una «instrucción» que consistió en explicar cómo se carga el fusil y cómo se desarma el cerrojo. Muchos de los milicianos nunca habían tenido un fusil en las manos, y supongo que muy pocos sabían para qué servía la mira. Se distribuyeron cartuchos, cincuenta por hombre; luego formamos fila, nos colocamos las mochilas a la espalda y partimos hacia el frente, situado a unos cinco kilómetros.