Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Existían buenos motivos para ello. Durante ese período estuve en el frente, y allí la atmósfera social y política no había cambiado. Salí de Barcelona a comienzos de enero y no regresé de permiso hasta finales de abril: durante todo ese tiempo —e incluso hasta más tarde— en la zona de Aragón controlada por los anarquistas y el POUM persistían las mismas condiciones, por lo menos aparentemente. La atmósfera revolucionaria permanecía tal como la conocí al llegar. Generales y reclutas, campesinos y milicianos seguían tratándose como iguales; todo el mundo recibía la misma paga, llevaba las mismas ropas, comía lo mismo y se trataba con todo el mundo de «tú» y «camarada»; no había ni jefes ni lacayos, no había ni mendigos, ni prostitutas, ni abogados, ni curas, ni gestos de sometimiento ni saludos reglamentarios. Yo respiraba el aire de la igualdad y era lo bastante ingenuo como para imaginar que ésta existía en toda España. No me di cuenta de que, un poco por casualidad, estaba aislado en el sector más revolucionario de la clase trabajadora española.