Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Quien se haya preocupado un poco por estos asuntos sabe que no es nada nueva la táctica comunista de atacar a los opositores políticos con acusaciones falsas. Hoy usan el calificativo «fascista-trotskista», ayer emplearon el de «social-fascista». Hace sólo seis o siete años los juicios rusos «demostraron» que los dirigentes de la Segunda Internacional, entre los que se contaban, por ejemplo, León Blum y miembros destacados del Partido Laborista británico, preparaban un gigantesco complot para la invasión de la URSS. Sin embargo, aún hoy los comunistas franceses aceptan de buen grado a Blum como líder, y los comunistas ingleses hacen lo imposible por introducirse en el Partido Laborista. Dudo de que acciones de este tipo rindan frutos, incluso desde un punto de vista sectario. Y entretanto, son evidentes el odio y las disensiones que la acusación de «fascista-trotskista» están causando. Los comunistas de base de todo el mundo son conducidos hacia una insensata caza de «trotskistas», y las organizaciones del tipo del POUM son empujadas a la tan estéril posición de meros partidos anticomunistas. Ya se ve el comienzo de una peligrosa división en el movimiento de la clase obrera mundial. Unas pocas calumnias más contra socialistas prominentes, otros pocos fraudes como las acusaciones contra el POUM y la división puede tornarse insalvable. La única esperanza reside en mantener la controversia política en un plano tal que la discusión exhaustiva sea posible. Entre los comunistas y quienes se encuentran, o afirman encontrarse, a la izquierda de ellos existe una diferencia real: los comunistas sostienen que es posible derrotar al fascismo mediante una alianza con sectores de la clase capitalista (el Frente Popular), y sus opositores afirman que tal maniobra sólo sirve para dar al fascismo mayor fuerza. La cuestión debe debatirse; una decisión errónea puede conducirnos a una semiesclavitud de siglos. Pero mientras no se presente otro argumento que el grito de «¡fascista trotskista!», ni siquiera es posible comenzar a hablar. Yo no podría, por ejemplo, ponerme a discutir la lucha de Barcelona con un miembro del Partido Comunista, pues ningún comunista, es decir, ningún «buen» comunista, admitiría que he dado una versión veraz de los hechos. Fiel a su «línea» de partido, tendría que declarar que miento o, en el mejor de los casos, que estoy totalmente equivocado y que cualquiera que haya ojeado los titulares del Daily Worker, a mil kilómetros del escenario de los acontecimientos, sabe más que yo acerca de lo que ocurrió en Barcelona. En tales condiciones resulta imposible conversar; falta la más mínima base de acuerdo necesaria. ¿Qué finalidad tiene afirmar que hombres como Maxton trabajan para los fascistas? Parecería que únicamente la de imposibilitar toda discusión seria. Como si en un campeonato de ajedrez, uno de los competidores comenzara de pronto a gritar que su contrincante es culpable de un incendio o de bigamia. La cuestión que realmente importa no se aborda nunca. La difamación no soluciona nada.