Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Por la noche, y cuando había niebla, se enviaban patrullas al valle que mediaba entre nosotros y los fascistas. La tarea no gozaba de popularidad, pues hacía demasiado frío y resultaba muy fácil perderse; no tardé en descubrir que podía conseguir permiso para integrar la patrulla tantas veces como quisiera. En los enormes barrancos dentados no había senderos o huellas de ninguna especie; sólo podía encontrarse el camino haciendo viajes sucesivos y fijándose en las pisadas frescas cada vez. A tiro de bala, el puesto fascista más cercano distaba del nuestro unos setecientos metros, pero la única ruta practicable tenía tres kilómetros. Resultaba bastante divertido errar por los valles oscuros mientras las balas perdidas volaban sobre nuestras cabezas como gallinetas sibilantes. Para estas excursiones, más propicias que la noche eran las nieblas densas, que a menudo duraban todo el día y solían aferrarse a las cimas de las colinas dejando libres los valles. Cuando uno se encontraba cerca de las líneas fascistas, tenía que arrastrarse a la velocidad de un caracol; era muy difícil moverse silenciosamente en esas laderas, entre los arbustos crujientes y las ruidosas piedras calizas. Hasta el tercer o cuarto intento no logré llegar hasta el enemigo. La niebla era muy espesa, y me deslicé hasta la alambrada: podía oír a los fascistas charlar y cantar. Con gran alarma, advertí que varios de ellos descendían por la ladera en mi dirección. Me oculté detrás de un arbusto que de pronto me pareció muy pequeño, y traté de amartillar el fusil sin hacer ruido; por suerte, se desviaron y no llegaron a verme. Al lado de mi escondite encontré varios restos de la lucha anterior: cartuchos vacíos, una gorra de cuero con un agujero de bala, una bandera roja, evidentemente nuestra. La llevé de vuelta a la posición, donde fue convertida sin ningún sentimentalismo en trapos de limpieza.