Homenaje a Cataluña

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No obstante, admito que, a primera vista, el estado de cosas en el frente me horrorizó. ¿Cómo demonios podía ganar la guerra un ejército así? Todo el mundo se hacía esa pregunta que, si bien era justa, también resultaba gratuita, pues en esas circunstancias, las milicias no podían ser mucho mejores de lo que eran. Un ejército mecanizado moderno no brota de la tierra y, si el gobierno hubiera esperado hasta contar con tropas adiestradas, nunca habría podido hacer frente al fascismo. Más tarde se puso de moda criticar las milicias y sostener que los fallos debidos a la falta de armas y de adiestramiento eran el resultado del sistema igualitario. En realidad, una leva recién reclutada de milicianos constituía una turba indisciplinada, no porque los oficiales llamaran «camaradas» a los reclutas, sino porque las tropas novatas siempre son una turba indisciplinada. En la práctica, el tipo «revolucionario» democrático de disciplina merece más confianza del que cabría esperar. En un ejército de trabajadores, la disciplina es teóricamente voluntaria, se basa en la lealtad de clase; mientras que la disciplina de un ejército burgués de reclutas se basa, en última instancia, en el miedo. (El Ejército Popular que reemplazó a las milicias ocupaba una posición intermedia entre ambos tipos). En las milicias, el atropello y el abuso inherentes a un ejército corriente no se hubieran tolerado ni por un instante. Los castigos militares normales existían, pero sólo se aplicaban en los casos de delitos muy graves. Cuando un hombre se negaba a obedecer una orden, no se le castigaba de inmediato: primero se apelaba a su espíritu de camaradería. Una persona cínica, sin experiencia de mando, podrá afirmar sin demora que esto no puede «funcionar» jamás, pero lo cierto es que «funciona».


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