Homenaje a Cataluña

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Comparadas con el frío, las otras molestias parecían insignificantes. Desde luego, todos estábamos permanentemente sucios. El agua que bebíamos, al igual que los alimentos, se traía en mulas desde Alcubierre, y la porción diaria correspondiente a cada hombre no llegaba a un litro. Era un líquido repugnante, apenas más transparente que la leche, y sólo debía utilizarse para beber, pero yo siempre robaba un poco para lavarme por la mañana. Solía lavarme un día y afeitarme al siguiente: el agua nunca alcanzaba para ambas cosas a la vez. La posición tenía un hedor nauseabundo, y fuera del pequeño recinto de la barricada había excrementos por todas partes. Algunos milicianos tenían por costumbre defecar en la trinchera, lo cual no resultaba nada grato cuando había que recorrerla a oscuras. La suciedad, sin embargo, nunca me preocupó. La gente hace demasiado alboroto en torno a la suciedad. Resulta sorprendente comprobar con cuánta rapidez es posible acostumbrarse a no usar pañuelo y a comer en el mismo recipiente en que uno se lava. El hecho de dormir con la ropa que se ha usado durante el día también dejó de ser penoso al cabo de poco tiempo. Desde luego, era imposible quitarse la ropa por la noche, y en especial las botas: había que estar listo para presentarse instantáneamente en caso de ataque. En ochenta noches me desvestí sólo tres veces, si bien me las ingenié en diversas ocasiones para quitarme la ropa durante el día. Hacía demasiado frío como para que hubiera piojos, pero las ratas y los ratones abundaban. A menudo se dice que no se encuentran ratas y ratones en el mismo lugar, pero ello no es cierto cuando hay bastante comida para ambos.


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