Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Una vez más, en el frente no ocurrÃa nada, exceptuando alguna bala esporádica y, muy rara vez, el estrépito de un mortero fascista que nos hacÃa correr hasta la trinchera más alta para ver contra qué colina se estrellaban los proyectiles. Aquà el enemigo estaba algo más cerca, quizá a unos trescientos o cuatrocientos metros. La posición más próxima quedaba exactamente frente a la nuestra, con un nido de ametralladoras cuyas troneras muy a menudo nos tentaban a desperdiciar cartuchos. Los fascistas rara vez molestaban con disparos de fusil, pero enviaban en cambio nutridas ráfagas de ametralladora contra cualquier miliciano que se dejara ver. Con todo, transcurrieron más de diez dÃas hasta que tuvimos nuestra primera baja. Las tropas situadas delante de nosotros eran españolas pero, según los desertores, habÃa algunos oficiales alemanes sin mando. Tiempo atrás estuvieron también los moros —¡pobres diablos, cómo deben de haber sufrido el frÃo!—, pues en la tierra de nadie todavÃa quedaba el cadáver de un moro que constituÃa una de las curiosidades del lugar. Aproximadamente a dos o tres kilómetros a nuestra izquierda, la lÃnea del frente se interrumpÃa y comenzaba una extensión de terreno, muy baja y cubierta de espesa vegetación, que no pertenecÃa ni a los fascistas ni a nosotros. Ambos bandos solÃan realizar allà patrullas diurnas. Aquello no estaba mal como entrenamiento para boy scouts. Yo nunca vi una patrulla fascista a una distancia menor de varios cientos de metros. Después de mucho reptar era posible atravesar en parte las lÃneas fascistas e incluso ver la granja donde ondeaba la bandera monárquica y que hacÃa las veces de cuartel general. De cuando en cuando disparábamos nuestras armas y luego nos ponÃamos a cubierto antes de que las ametralladoras nos pudieran localizar. Espero que hayamos roto al menos algunas ventanas, pero con tales fusiles y desde más de ochocientos metros uno no podÃa estar seguro de acertarle ni siquiera a una casa.