Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña El tiempo casi siempre era frío y claro; a veces brillaba el sol al mediodía, pero siempre hacía frío. Por todas partes, sobre las laderas, se veían asomar los brotes verdes del azafrán o el lirio silvestre. La primavera se aproximaba, evidentemente, aunque con mucha lentitud. Las noches eran más frías que nunca. Durante la madrugada, cuando volvíamos de la guardia, solíamos reunir lo que quedaba del fuego de la cocina y nos parábamos sobre las brasas al rojo. Era malo para las botas, pero muy bueno para los pies. Sin embargo, había amaneceres en que el espectáculo de la aurora entre los cerros casi nos hacía alegrarnos de no estar en la cama a esas horas desapacibles. No me gusta la montaña, ni siquiera como espectáculo. Sin embargo, aunque uno hubiera estado despierto toda la noche, con las piernas adormecidas hasta la rodilla, y supiera que no había ninguna esperanza de comer durante otras tres horas, a veces valía la pena contemplar la aurora que surgía detrás de las colinas, las primeras estrechas vetas de oro que como espadas atravesaban la oscuridad, y luego la luz creciente y los mares de nubes carmesíes alargándose hasta distancias inconcebibles. En el curso de esa campaña vi amanecer más veces que durante toda mi vida anterior, y que en la que me queda, espero.