Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Nos faltaban hombres allí, lo cual significaba guardias más prolongadas y mucha más fatiga. Yo comenzaba a sentir la falta de sueño, que resulta inevitable incluso en la más tranquila de las guerras. Aparte de las guardias y las patrullas había constantes alarmas nocturnas. De cualquier manera, no se puede dormir bien en un horrible agujero cavado en la tierra, con los pies doloridos de frío. Durante mis primeros tres o cuatro meses en el frente no creo haber pasado más de una docena de días enteros sin dormir; pero también es cierto que no llegué a dormir una docena de noches sin interrupción. Veinte o treinta horas de sueño por semana representaban una cantidad bastante normal. Los efectos de este tipo de vida no eran tan malos como podría esperarse; uno llegaba a sentirse bastante estúpido, y la tarea de subir y bajar por las laderas se tornaba cada día más difícil, pero nos sentíamos relativamente bien y estábamos constantemente hambrientos, tremendamente hambrientos. Cualquier comida nos parecía sabrosa, hasta las eternas judías que todos en España terminamos por odiar. El agua era muy escasa y nos llegaba desde lejos a lomos de mulas o de sufridos burritos. Por algún motivo, los campesinos de Aragón trataban bien a las mulas, pero muy mal a los burros. Si un burro se negaba a avanzar era normal patearle los testículos. Había cesado ya el reparto de velas y los fósforos escaseaban. Los españoles nos enseñaron a hacer lámparas de aceite de oliva con una lata de leche condensada, una cápsula de cartucho y un pedazo de trapo. Cuando teníamos aceite de oliva, lo cual no era frecuente, estos objetos ardían con una llama vacilante, de un poder equivalente a un cuarto de vela, que alcanzaba apenas para encontrar el fusil.