Homenaje a Cataluña

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Justo detrás del río, cerca de la línea del frente, había un enorme molino harinero con una casa de campo. Sentía vergüenza al ver la enorme y costosa maquinaria oxidándose inútilmente y las tolvas de madera destrozadas para alimentar el fuego. Más tarde, para conseguir leña destinada a las tropas situadas en la retaguardia, se enviaron en camiones grupos de hombres que arrasaron el lugar sistemáticamente. Solían romper el suelo de una habitación arrojando en ella una granada. La Granja, nuestro almacén y cocina, probablemente había sido alguna vez un convento. Tenía grandes patios y dependencias exteriores, que ocupaban poco más de media hectárea, con establos para treinta o cuarenta caballos. Las casas de campo en esa región de España no encierran interés desde el punto de vista arquitectónico, pero sus granjas, de piedra enjalbegada, con arcos redondos y magníficas vigas, son lugares de gran nobleza, construidos de acuerdo con un plan que probablemente no ha sufrido alteraciones a lo largo de siglos. A veces, uno sentía una especie de oculta simpatía hacia los expropietarios fascistas, al ver cómo trataba la milicia los edificios confiscados. En La Granja, toda habitación que no estuviera en uso había sido convertida en letrina —un horrible amontonamiento de muebles destrozados y excrementos—. La pequeña capilla adyacente, con las paredes perforadas por proyectiles, tenía el suelo cubierto de excrementos. En el gran patio donde los cocineros distribuían las raciones, el amontonamiento de latas oxidadas, barro, bosta y residuos en putrefacción era asqueante. Confirmaba una vieja canción militar:


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