Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Prueba la confusión que envuelve a la revolución agraria española el hecho de que no pude averiguar con certeza si la tierra estaba colectivizada o si los campesinos simplemente se la habían dividido entre ellos. Me imagino que, en teoría, estaba colectivizada, pues era territorio anarquista y del POUM. En cualquier caso, los propietarios habían desaparecido, los campos se cultivaban y el pueblo parecía satisfecho. La cordialidad que nos dispensaban los campesinos nunca dejó de asombrarme. Para algunos de los más viejos la guerra debía de carecer de sentido; evidentemente ocasionaba una escasez general y deparaba a todos una vida triste y monótona. Además, hasta en los mejores momentos, los campesinos odian tener tropas establecidas entre ellos. Con todo, se mostraban invariablemente cordiales; supongo que se debía a la idea de que, por intolerables que pudiéramos resultarles en algunos aspectos, los protegíamos de sus antiguos patrones. La guerra civil es algo extraño. Huesca no estaba ni a diez kilómetros de distancia, era la ciudad mercado de esta gente, tenían parientes allí y todas las semanas de su vida la habían visitado para vender sus gallinas y sus verduras. Y ahora, desde hacía ocho meses, una barrera impenetrable de alambradas y ametralladoras los separaba de ella. A veces olvidaban está situación. En cierta oportunidad, me encontraba hablando con una anciana que llevaba una de esas diminutas lámparas de hierro en las que los españoles queman aceite de oliva. «¿Dónde puedo comprar una lamparilla como ésta?», le pregunté. «En Huesca», me respondió sin pensar, y luego ambos nos echamos a reír. Las chicas de la aldea eran espléndidas criaturas llenas de vida, con negrísimos cabellos y ondulantes andares. Tenían una actitud desenvuelta y franca de camarada, como de hombre a hombre, lo cual probablemente era una consecuencia de la revolución.