Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Hombres de raídas camisas azules y pantalones de pana negra, con sombreros de paja de ala ancha, araban los campos detrás de las mulas, que sacudían rítmicamente sus orejas. Sus arados eran unos artilugios espantosos que sólo revolvían el suelo, sin abrir nada que pudiera considerarse un surco. Los aperos de labranza eran penosamente anticuados debido al alto precio de todo lo que fuera de metal. Un arado roto, por ejemplo, se arreglaba una y otra vez hasta quedar constituido casi por completo de remiendos. Horcas y rastrillos se hacían de madera. No se conocían las palas en ese pueblo en que casi nadie poseía botas; cavaban con una azada ridícula semejante a las que se utilizan en la India. Había una grada que procedía directamente de las postrimerías de la Edad de Piedra. Estaba hecha de tablones unidos entre sí y tenía el tamaño de una mesa de cocina; en cada tablón se habían hecho centenares de agujeros, en cada uno de los cuales se había colocado un trozo de pedernal tallado con esa forma siguiendo el mismo procedimiento que los hombres solían utilizar hace diez mil años. Recuerdo mi sentimiento cercano al horror la primera vez que vi uno de estos objetos en una choza abandonada en tierra de nadie. Tuve que pensármelo dos veces antes de darme cuenta de que se trataba de una especie de grada. Me enfermó pensar en el trabajo que debía de haber dado la construcción de semejante cosa, y en la pobreza que obligaba a utilizar pedernal en lugar de acero. Desde entonces ha aumentado mi simpatía por el progreso industrial. A pesar de todo, en la aldea había dos tractores modernos, confiscados sin duda al principal terrateniente de la zona.