La hija del clerigo
La hija del clerigo —¡Ya está, gracias a Dios! —dijo Dorothy dando vueltas en la mano al sombrero de caballero y dejándolo luego sobre la mesa. ¡Dios mÃo, cuántas cosas quedan por hacer todavÃa! ¡Ojalá pudiera quitarme esas dichosas botas de la cabeza! ¿Qué hora es, Victor?
—Casi la una menos cinco.
—¡Dios mÃo! Más vale que me dé prisa. Tengo que preparar tres tortillas. No me fÃo de que las haga Ellen. Y, a propósito, Victor. ¿Tiene usted algo que darnos para el mercadillo benéfico? Un simple par de pantalones viejos nos vendrÃan de maravilla, porque siempre se venden muy bien.
—¿Pantalones? No. Pero le diré lo que tengo. Un ejemplar de El progreso del peregrino y otro de El libro de los mártires de Foxe de los que llevo años queriendo deshacerme. ¡Odiosa basura protestante! Me los regaló una vieja tÃa mÃa que era hereje. ¿No se harta usted nunca de pasarse el dÃa recaudando peniques? Si celebrásemos los oficios al auténtico estilo católico tendrÃamos una verdadera congregación y no habrÃa necesidad de…