La hija del clerigo

La hija del clerigo

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—¡Estupendo! —dijo Dorothy—. Siempre tenemos un estante lleno de libros a un penique cada uno y los vendemos casi todos. ¡Necesitamos que el mercadillo sea un éxito, Victor! Cuento con que la señorita Mayfill nos dé algo verdaderamente bonito. Tengo esperanzas de que nos done ese precioso servicio de té antiguo Lowestoft que tiene y podamos venderlo por cinco libras al menos. Llevo rezando toda la mañana para que lo haga.

—¿Ah, sí? —dijo Victor con menos entusiasmo de lo normal. Igual que le había ocurrido a Proggett esa mañana, le avergonzaba la palabra «rezar». Estaba dispuesto a pasarse el día entero discutiendo la cuestión del ritual, pero la alusión a las devociones privadas le parecía un poco indecorosa—. No olvide preguntar a su padre lo de la procesión —dijo retomando un tema que le resultaba más agradable.

—Muy bien, se lo preguntaré. Pero ya sabe lo que dirá. Se enfadará y dirá que es la «fiebre romana».

—¡Al demonio con la fiebre romana! —dijo Victor, que, al contrario que Dorothy, no se imponía penitencias por blasfemar.


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