La hija del clerigo

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Dorothy corrió a la cocina, descubrió que solo había cinco huevos para hacer tortillas para tres personas, y decidió hacer una tortilla más grande y echarle las patatas hervidas del día anterior para que cundiera un poco más. Con una breve oración por el éxito de la tortilla (que tienen la horrible costumbre de romperse al sacarlas de la sartén), batió los huevos, mientras Victor salía a la calle canturreando, entre alegre y malhumorado, «Salve, día de Fiesta» y se cruzaba con un criado que llevaba con expresión asqueada los dos orinales sin asa con los que la señorita Mayfill había decidido contribuir al mercadillo benéfico.

VI

Eran poco después de las diez. Habían ocurrido varias cosas, aunque ninguna de particular importancia; solo las acostumbradas tareas parroquiales que llenaban la tarde y la noche de Dorothy. Ahora, tal como había convenido aquella mañana, se encontraba en casa del señor Warburton, y estaba tratando de defender su punto de vista en una de esas enmarañadas discusiones en las que a él tanto le gustaba enredarla.

Llevaban un rato hablando y el señor Warburton como siempre se las había arreglado para desviar la conversación hacia la cuestión de las creencias religiosas.


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