La hija del clerigo

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—Mi querida Dorothy —estaba diciendo en tono polémico mientras iba y venía por la habitación con una mano en el bolsillo de la chaqueta y la otra manipulando un cigarro brasileño—, no irá usted a decirme que a su edad, veintisiete años, según tengo entendido, y con su inteligencia, todavía conserva sus creencias religiosas más o menos intactas.

—Desde luego que sí. Y usted lo sabe muy bien.

—¡Vamos, hombre! ¿Toda esa sarta de embustes? ¿Pretende usted convencerme de que sigue creyendo en esos disparates que aprendió cuando se sentaba en las rodillas de su madre? ¡Claro que no! ¡Es imposible! Lo que pasa es que no se atreve usted a admitirlo. No tiene de qué preocuparse. La mujer del diácono no la oye y yo no la delataré.

—No sé qué quiere decir con eso de «disparates» —empezó a decir Dorothy, sentándose más erguida en la silla y ligeramente ofendida.

—Bueno, pongamos un ejemplo. Algo particularmente difícil de tragar: el infierno, por ejemplo. ¿Acaso cree usted en el infierno? Y fíjese que, cuando digo creer, no le pregunto si cree en él de un modo metafórico y descafeinado como esos obispos modernistas que sacan de sus casillas al joven Victor Stone. Me refiero a si cree usted en él literalmente. ¿Acaso cree en el infierno igual que en Australia?


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