La hija del clerigo
La hija del clerigo —Por supuesto —dijo Dorothy, y trató de explicarle que la existencia del infierno era mucho más real y duradera que la de Australia.
—¡Ajá! —dijo nada impresionado el señor Warburton—. Muy bien fundamentado a su manera, claro. Pero lo que siempre me hace sospechar de las personas religiosas como usted es la endiablada sangre frÃa con que defienden sus creencias. Cómo mÃnimo demuestra muy poca imaginación. Heme aquÃ, infiel, blasfemo, metido hasta el cuello en al menos seis de los siete pecados capitales y obviamente condenado a suplicios eternos. Quién sabe si dentro de una hora no estaré asándome en lo más caliente del infierno. Y usted sigue hablando conmigo con tanta calma como si no me pasara nada. Si padeciese cáncer, lepra o cualquier otra enfermedad fÃsica estarÃa mucho más preocupada…, o al menos es lo que quiero creer. En cambio saber que voy a tostarme en la parrilla toda la eternidad parece traerle a usted sin cuidado.