La hija del clerigo
La hija del clerigo Y, no obstante, aunque su frigidez sexual le pareciese natural e inevitable, sabía muy bien cómo había empezado. Recordaba, con tanta claridad como si fuese ayer, ciertas escenas terribles entre su padre y su madre, que había presenciado cuando apenas tenía nueve años y habían dejado una herida secreta y profunda en su imaginación. Y luego, poco después, la habían asustado algunos grabados en los que aparecían ninfas perseguidas por sátiros. Para su imaginación infantil había algo inexplicablemente horrible y siniestro en aquellas criaturas cornudas y semihumanas que acechaban en los bosquecillos y detrás de los árboles dispuestos a salir de un salto y perseguirte. Durante un año de su infancia le había asustado andar sola por el bosque, por miedo a los sátiros. Por supuesto, había superado aquel temor, pero no el sentimiento con el que lo asociaba. El sátiro había seguido siendo para ella un símbolo. Tal vez nunca superase aquella particular sensación de temor, de vana huida de algo irracional y temible…, del ruido de los cascos en el bosque y de los muslos flacos y peludos del sátiro. Ningún razonamiento la habría hecho cambiar. Por otro lado hoy en día es algo lo bastante frecuente entre mujeres educadas para que nos resulte sorprendente.