La hija del clerigo
La hija del clerigo Cuando llegó a la rectoría Dorothy casi se había tranquilizado del todo. Las imágenes de sátiros, del señor Warburton, de Francis Moon y de su predestinada esterilidad, que habían estado cruzando su imaginación, se desvanecieron y las sustituyó la imagen acusadora de una bota de montar. Recordó que tardaría casi dos horas en hacerlas antes de acostarse. La casa estaba a oscuras, así que la rodeó y entró de puntillas por la puerta del lavadero por miedo a despertar a su padre.
Mientras avanzaba a tientas por el oscuro pasillo que llevaba al invernadero, decidió de pronto que había hecho mal en ir a casa del señor Warburton esa noche. Y resolvió no volver nunca, aunque estuviese segura de que fuese a haber alguien más. Además, esa noche haría penitencia por haber ido. Después de encender la lámpara buscó la lista de recados que había escrito para el día siguiente y escribió a lápiz una pe mayúscula junto a la palabra desayuno. La pe significaba penitencia, así que nada de beicon con el desayuno. Luego encendió el infiernillo debajo del bote de cola.