La hija del clerigo
La hija del clerigo La luz de la lámpara caía amarillenta sobre la máquina de coser y sobre la pila de trajes a medio hacer que había sobre la mesa, recordándole la pila aún mayor que ni siquiera había empezado, y también que estaba terriblemente cansada. Había olvidado su cansancio en cuanto el señor Warburton le puso las manos sobre los hombros, pero ahora notó que volvía a dominarla con fuerzas redobladas. Además, esa noche su fatiga tenía una cualidad excepcional. Se sentía rendida en el sentido literal del término. De pie, junto a la mesa, tuvo la extraña sensación de que le hubieran vaciado el cerebro, de manera que por unos segundos olvidó lo que había ido a hacer al invernadero.
Luego lo recordó…, ¡pues claro, las botas! Un pequeño y despreciable demonio le susurraba al oído: «¿Por qué no te vas a dormir y dejas las botas para mañana?». Murmuró una oración para infundirse ánimos y se pellizcó. ¡Vamos, Dorothy! ¡No seas perezosa! Lucas 9:62. Luego, quitó algunas cosas de la mesa, sacó las tijeras, un lápiz y cuatro hojas de papel de estraza y se sentó a recortar los complicados empeines de las botas de montar mientras hervía la cola.