La hija del clerigo
La hija del clerigo Tras dudar un poco más, giró a su izquierda y empezó a andar despacio por la acera. Misteriosamente, había recobrado del vacío del pasado un fragmento de conocimiento: la existencia de los espejos, su utilidad y que a menudo los hay en los escaparates. Poco después llegó a una pequeña joyería en la que un estrecho espejo colocado en ángulo reflejaba las caras de los transeúntes. Dorothy distinguió su reflejo entre otra docena y supo enseguida que era el suyo. Sin embargo, no puede decirse que se reconociera, no recordaba haberlo visto antes. Era el rostro de una mujer joven, muy delgada y rubia, con patas de gallo alrededor de los ojos y estaba un poco sucio. Llevaba un vulgar sombrero negro cloche puesto de cualquier manera y tapándole casi toda la melena. Su cara no le resultó familiar, pero tampoco desconocida. Hasta ese momento no había sabido cómo imaginarla, pero ahora que la había visto comprendió que era la que podía haber imaginado. Era apropiada. Se correspondía con algo en su interior.