La hija del clerigo
La hija del clerigo Reparó en que para determinar quién era tendría que examinar su propio cuerpo, empezando por su rostro; por un instante trató de observar su cara antes de comprender que era imposible. Bajó la mirada y vio un vestido negro raído de satén, más bien largo, un par de medias de fibra de color carne, sucias y con carreras, y un par de zapatos de satén muy gastados y de tacón alto. Nada le resultó mínimamente familiar. Examinó sus manos y le parecieron al mismo tiempo extrañas y familiares. Eran pequeñas, con la palma encallecida y estaban muy sucias. Al cabo de un rato cayó en que era esa suciedad lo que hacía que le parecieran tan raras. Las manos no lo eran, aunque no las reconociera.