La hija del clerigo

La hija del clerigo

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A excepción de los domingos, todos los días se parecían. A las cinco y media, al oír los golpes en la pared del barracón, salías del rincón donde te habías acostado y empezabas a buscar los zapatos entre las maldiciones soñolientas de las mujeres (había seis o siete, o tal vez incluso ocho), enterradas en la paja aquí y allá. Si cometías la imprudencia de quitarte alguna prenda, indefectiblemente se perdía en aquella montaña de paja. Cogías un puñado de paja, otro de tallos de lúpulo secos y unas ramitas de la pila que había fuera y encendías una hoguera para preparar el desayuno. Dorothy siempre cocinaba el de Nobby además del suyo, y daba unos golpecitos en su barracón cuando lo tenía listo, pues a ella le costaba menos madrugar que a él. Esas mañanas de septiembre eran muy frías. Por el este, el cielo iba tiñéndose de negro a cobalto y la hierba tenía un tono blanco plateado por el rocío. El desayuno siempre era el mismo: beicon, té y pan frito en la grasa del beicon. Mientras lo comías, cocinabas otra ración para almorzar y luego, tartera en mano, ibas a los campos, era un paseo de dos kilómetros en el amanecer azul y ventoso, y la nariz goteaba tanto con el frío que de vez en cuando había que pararse a secarla con el delantal de tela de saco.




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