La hija del clerigo
La hija del clerigo El lúpulo estaba dividido en plantaciones de cerca de media hectárea y cada grupo —unos cuarenta braceros, al mando de un capataz que a menudo era gitano— recogÃa una plantación. Los vástagos tenÃan cuatro metros o más, estaban sujetos con hilos y colgaban de alambres horizontales en hileras con un metro o dos de separación; en cada hilera habÃa una saca de tela parecida a una enorme hamaca que colgara de una pesada estructura de madera. Nada más llegar, ponÃas la saca en su sitio, cortabas los hilos de los dos tallos más próximos y tirabas de ellos —enormes ramas cubiertas de follaje, como las trenzas de Rapunzel, te caÃan encima empapándote de rocÃo—, las ponÃas sobre la saca y luego, empezando por el extremo más grueso, empezabas a arrancar los gruesos conos de lúpulo. A esa hora de la mañana solo se podÃa recolectar despacio y con torpeza. Las manos todavÃa estaban rÃgidas, la frialdad del rocÃo las entumecÃa y el lúpulo estaba húmedo y resbaladizo. Lo más difÃcil era arrancar el lúpulo sin llevarse también las hojas y los tallos, pues el medidor podÃa rechazarlo si tenÃa demasiadas hojas.