La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Los tallos estaban cubiertos de minúsculas espinas que al cabo de dos o tres días acababan destrozándote las manos. Por la mañana era una tortura empezar a recolectar cuando los dedos estaban demasiado entumecidos para doblarlos y sangraban por una docena de sitios, pero el dolor cedía cuando los cortes volvían a abrirse y manaba la sangre. Si el lúpulo era bueno y lo recogías bien, podías recolectar un tallo en diez minutos, y los mejores tallos tenían casi media fanega de lúpulo. No obstante, el lúpulo variaba mucho de una plantación a otra. En algunas era grande como una nuez y colgaba en grandes conos sin hojas que se podían arrancar de un tirón; en otras era minúsculo y poco mayor que un guisante y crecía tan disperso que había que recoger los conos uno por uno. Algunos eran tan malos que no se podía recolectar ni media fanega en una hora.









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